Cuando muera, quiero que en mi lápida me recuerden por tres cosas: haber estado en los cinco continentes, haber escrito (por lo menos) un libro y haber sido feminista. Sí, fe-mi-nis-ta y sin miedo a que me escuchen decirlo. Es 2017, ¿Acaso no se supone que ya todos saben lo que significa? ¿Acaso ya existe la igualdad entre hombres y mujeres? ¿Acaso las mujeres que vivimos en este siglo no somos privilegiadas porque ya no nos toca lidiar con los conflictos desfavorecedores de género que nuestras antepasadas sufrieron?
Por desgracia, no. No a las tres preguntas cuestionadas arriba. En la actualidad, todavía se piensa que el feminismo es lo opuesto al machismo, la brecha que separa las oportunidades para ambos géneros sigue muy abierta y la lucha porque los derechos se hagan ver sigue vigente. Incluso si estamos más cerca de lo que se estaba hace cien años de poder decir que el patriarcado ha sido erradicado, seguimos lejos de la meta.
En parte se debe a que el feminismo está peleando en varios rounds al mismo tiempo: en política, en economía, en la violencia, en estereotipos culturales, en oportunidades laborales, en el uso de la lengua y dramática, en sindicatos, en códigos de vestimenta, en la ignorancia, etc. A veces contra un enemigo tangible, a veces contra uno más difícil de percibir pero siempre interponiéndose ante todo aquello que pisotea los principios de su filosofía. En el presente ensayo sería imposible dar basta profundidad a todos ellos, por lo que se conciben algunos ejes principales que una servidora eligió.
Primero lo primero, una pequeña visita al diccionario:
“Feminismo: Movimiento político, cultural y económico que tiene como objetivo la igualdad de derechos entre mujeres y hombres, cuestionar la dominación y la violencia de los varones sobre las mujeres y la asignación de roles sociales según el género.
Machismo: conjunto de prácticas y comportamientos que resultan ofensivos contra el género femenino, basado en la negación de la mujer como sujeto.”
(Feminista Ilustrada, 2016)
Parece bastante claro, entonces, la diferencia entre uno y otro término; que aunque parezcan hacer alusión a cosas opuestas, en realidad el feminismo busca igualdad de oportunidades para todos, no solo las mujeres. Así que, ¿por qué cuesta tanto trabajo decir que somos “feministas”? ¿Por qué cuando pronuncia la palabra la gente reacciona como si les dijeran que matan conejitos por placer o lavan dinero como hobby?
Hay más de una respuesta a ello, pero la primera y con mayor relevancia es que se tiene una idea falsa y errónea que todos aceptan en lugar de cuestionársela. No sorprende, entonces, que en México carezcamos de figuras famosas feministas. Sí, bueno, está Carmen Aristegui, Regina Orozco, pero de que tengamos una Miley Cyrus, Emma Watson, Madonna o una Rihanna, la verdad es que no.
En el mundo del espectáculo hay mujeres destacadas por su talento, sin embargo, a la hora de las entrevistas y cuando les preguntan si son feministas, sus respuestas suelen ser incongruentes y confusas, porque ni ellas mismas saben lo que significa. En una entrevista del Universal que se le hizo a Paulina Rubio en 2000, asegura ser “independiente, feminista y muy caliente ¡Porque soy latina!”. Luego, en 2005 en el festival de Viña del Mar, da un pequeño discurso donde deja ver a todas luces que no sabe lo que significa el concepto:
“Inevitablemente las niñas, las mujeres somos mejores que los hombres, y si no le gusta, señor, para qué vive con su mujer. Las que hacemos el amor y las que hacemos la paz somos las mujeres. Siempre” (Rubio, 2005)
E
ly Guerra, a quien también se le ha cuestionado al respecto, dijo el año pasado para el periódico La Jornada:
“No soy feminista, soy femenina. No me interesa ocupar el lugar del hombre en el plano laboral ni en el momento creativo. Me encanta ser mujer y me encanta cuando tengo a un cabrón en frente; que sea el cabrón. Me choca cuando los hombres se olvidan de esa parte. No discuto la cuestión de género, pero defiendo que somos mujeres y somos diferentes”. (La Jornada, 2016)
Hay algunas otras que la primera vez que se les preguntó negaron rotundamente ser feministas pero un par de años después, aceptaron estar a favor de la búsqueda de la equidad, etc. Julieta Venegas, Karla Souza, Carla Morrison y Belinda son algunas de las que han admitido –a medias- ser feministas. En múltiples entrevistas se ha visto cómo evitan asociarse a la palabra porque saben que serán objeto de atención o trolls. México está atrasadísimo en el tema y todavía no tenemos a alguien en el mundo de la farándula que se ponga el estandarte y declare su postura sin rodeos para inspirar a los demás.
Como se decía antes, en Estados Unidos, Argentina, España, entre otros, el feminismo es una palabra que pasa de boca en boca como si nada. Se convirtió en algo tan mainstream como los hashtags en Instagram. Desde el contenido digital que a diario comienza a rebotar entre una red social y otra hasta la firma de peticiones, conciertos con causa y eventos organizados por las mismas figuras e influencers que las personas voltean a ver a cada paso que dan.
No sorprende entonces que allá las cosas sean diferentes. Que los conflictos como el manspreading en Madrid cobren mayor relevancia, que los feminicidios no se pasen por alto, que cada vez más libros feministas se conviertan rápidamente en bestsellers porque la gente está ansiosa por saber más.
• Bad Feminist – Roxane Gay (2014)
• Not that kind of girl –Lena Dunham (2014)
• My Life on the road –Gloria Steintem (2015)
• Girl Boss –Sophia Amoruso (2014)
• Machismo: ocho pasos para quitártelo de encima – Barbi Japuta (2017)
—Lista de los libros más vendidos en Amazon sobre “Teoría Feminista”.
No desacredito que por un lado existan tremendas feministas en ámbitos como la política, el periodismo o la investigación, pero el hecho de que en otras partes del mundo cuenten con estas figuras famosas que las personas buscan, siguen y escuchan sí ha contribuido a que México se vaya quedando atrás en la carrera. Después de todo, lo que se ve y se escucha en los medios de comunicación es información que la mayoría no se cuestiona y si ese contenido va orientado a desacreditar el feminismo, las personas lo creen sin más y no hay modelos a seguir que salgan a declarar lo contrario.
Ya que hemos entrado en terreno respecto a la palabra feminismo y la información errónea, pasemos hacia una de las discusiones más fuertes que hacen eco tanto adentro como afuera de la sociedad feminista: ¿Las mujeres son en verdad las que propician el machismo? ¿Las mujeres son las enemigas del feminismo?
Bastantes mujeres han dicho algo ya respecto al machismo y como todas ellas, lo conozco porque me ha tocado vivirlo. Soy tan consciente de que lo que disparó el gatillo de mi personalidad feminista fueron las múltiples situaciones que se me fueron presentando a lo largo de mi vida donde fui víctima del machismo. Donde me negaba a quedarme callada, donde nunca podía tener la razón porque era mujer, donde tenía peleas con mi papá, mis maestros o mis amigos porque lo que ellos veían como algo “bien” yo lo veía como algo “mal” y las perjudicadas éramos nosotras.
Marina Castañeda hablaen su libro “El machismo invisible regresa” sobre los y las que lo propician: “No es necesario ser hombre para ser machista: muchas mujeres también lo son en una amplia variedad de contextos y roles —como madres, jefas, colegas, amigas, hijas y hermanas—. Se ha insistido en que todo hombre machista tuvo una madre que lo crio. Pero las madres no son las únicas responsables; infinidad de mujeres en todos los ámbitos (muchas veces sin darse cuenta) promueven y alimentan el machismo a lo largo del ciclo vital. Por ello, hemos de hablar de una responsabilidad compartida y muchas veces invisible para quienes la cargan. Permítaseme una precisión más: además de implicar, en su expresión más sencilla, un dominio de los hombres sobre las mujeres, el machismo conlleva el imperio de ciertos valores que se consideran masculinos. De aquí que, paradójicamente, una mujer feminista pueda perfectamente ser machista. No faltan las mujeres de este tipo en la sociedad; incluso es posible que las más sobresalientes de nuestra vida pública tengan actitudes o conductas francamente machistas, algunas sin percibirlo y otras con plena consciencia de ello, porque su trabajo o su papel en la sociedad así lo requieren. Con mucha frecuencia, la que desee darse a respetar se ve obligada a asumir conductas machistas.”
(Castañeda, 2007)
Es una triste realidad que en esta lucha por la equidad de género, existan mujeres que lejos de apoyar la causa, van contra ella. Algunas ni siquiera se dan cuenta de ello puesto que radica no solo en las actitudes más obvias (agresión, violencia, abuso verbal), sino en los pequeños gestos que se esconden detrás de la cotidianidad de nuestras vidas y que muchas veces, terminamos alentando.
Tenemos por ejemplo el caso de este año en marzo cuando Vanity Fair publicó una fotografía de Emma Watson donde posaba con un top tejido que dejaba a la vista parte de sus senos. Fue duramente criticada alrededor del mundo porque, según la locutora de radio británica Julia Hartley-Brewer estaba siendo hipócrita y no podía esperar que la tomaran en serio sobre buscar que la mujer dejara de ser un objeto sexual cuando ella misma se mostraba como un “objeto sexual”.
Hubo mucho diálogo al respecto, pero algunas cuestiones a considerar y rematar contra el comentario de Hartley-Brewer son: ¿En qué momento se declaró que las feministas tienen que estar tapadas de pies a cabeza si quieren que se les tome en cuenta? ¿Por qué cuando una mujer decide ponerse bonita o vestirse de determinada manera automáticamente se asimila con que busca la atención del hombre o lo hace pensando en lo que el hombre quiere y le gusta?
El slut shaming denigra, censura y avergüenza a las mujeres y lo peor es que nosotras mismas lo propiciamos. Criticamos cuando alguien sube una foto de perfil donde aparece posando más sexy de lo usual, nos prohibimos usar determinadas prendas porque no van con la forma de nuestro cuerpo; básicamente a través de minúsculas conductas vamos alejando a las personas de su propia identidad y de la libertad de ser ellas mismas.
El feminismo no es para luchar entre nosotras, es para unir fuerzas y buscar un bien común. Jamás se llegará a nada con acusaciones o con tratar de encasillar a todo el mundo en un código de estándares y estereotipos de belleza occidental que nadie jamás podrá cumplir. Durante años y años nos han dicho cómo comportarnos, cómo sentarnos, cómo sonreír, cómo está mal que una mujer hable de sexo y empoderarse a ella misma; la gran mayoría de las mujeres son o fueron machistas porque nacieron en un mundo machista que constantemente les repetía la manera “correcta de vivir”.
Está incluso en los lugares más implícitos, que algunos podrían decir “es una exageración”, pero de ser al revés, quizás se lo cuestionarían dos veces. Lo tenemos presente en las múltiples formas dentro de nuestro lenguaje que refuerzan los estereotipos de género sin que lo percibamos así.
“Dado que por mucho tiempo la sociedad justificó las relaciones desiguales entre mujeres y hombres –confinando a las mujeres a las actividades del hogar, la atención de las hijas e hijos y al rol reproductivo y de cuidados— no es de extrañar que el lenguaje que por años hemos utilizado esté caracterizado por expresiones sexistas y excluyentes que han invisibilizado la presencia de la mujer y, especialmente, su participación en muchos de los ámbitos públicos en que hoy son también grandes protagonistas.”
(CONAVIM, 2017)
Estas formas sutiles desvalorizan a la mujer y refuerzan actitudes sexistas dentro de nuestra sociedad por lo que no es sorpresa que se creara un lenguaje incluyente que no habla de mujeres o de hombres: habla de todos.
Ciento seis años después de que en Copenhague, Dinamarca se congregara una jornada femenina a fin de reforzar su lucha por obtener el sufragio femenino universal, ya nos hemos quitado algunos pesos de encima como el derecho al voto pero el camino que queda por recorrer es largo todavía: no hemos tenido una presidenta de la República Mexicana, los salarios siguen siendo disparejos entre hombres y mujeres y como hemos visto, el machismo sigue presente porque lo venimos propiciando desde las prácticas más evidentes (el slut shaming) hasta lo menos pensado (el lenguaje excluyente).
En México se carece de modelos feministas a seguir que se pongan el estandarte en busca de la equidad de género. Cuando a las figuras reconocidas se les pregunta al respecto, no saben qué contestar porque claramente lo desconocen. Este hecho frena el desarrollo del feminismo en nuestro país y nos pone en una clara desventaja económica, política y cultural ante el resto de los países que sí lo han adoptado.
Ansío ver el día en que mi nación reconozca los derechos y oportunidades de las mujeres y los hombres como iguales y, como la comunicóloga en la que próximamente me convertiré, haré de mi filosofía de trabajo velar por la vertiente feminista con la que me siento identificada con entusiasmo ilustrando e informando a mis lectores al respecto para que las generaciones que se vienen ya no nazcan en un mundo machista, sino en un mundo feminista.