REVISTA ELECTRÓNICA
FACULTAD DE COMUNICACIÓN Y MERCADOTECNIA
Rulfo nos inculcó el miedo
?La ciudad era un espanto?
Textos Literarios
Poema
Por: Karla Valeria Mendoza Salinas
“La ciudad era un espanto” 
Decía mi ansiedad, tratando de engañarse escuchando y disfrutando del paisaje,
Cuando llegué a la ciudad con mi mochila en el hombro
Respiré hondo para llenarme de “vida” tras llegar a la ciudad,
Entré a los baños de la central de autobuses y de una puerta salió una sombra que comenzó a entumecerme hasta el punto de la parálisis al irse acercando,
Pensé que me atacaría pero sólo pasó sobre mi cuerpo y se estrelló con el espejo del lavamanos hasta desvanecerse,
Comencé a tener movimiento en mis labios y corrí hacia la salida asegurándome que nadie me seguía,
Afuera con muchos turistas y taxistas me convencí de que TODO ERA UN SUEÑO.

Esperaba un camión viejo que me llevara al centro de la ciudad
Y una voz que antes había amado sonaba en mi cabeza diciéndome: Cuévano,
Voltee al cielo con la esperanza de ver a un muerto
Y la sombra que antes había terminado estampada en el espejo se posaba sobre mí, volando velozmente hacia la punta del cerro de enfrente,
Sentí un miedo estremecedor
Sin embargo no quise irme sin ponerme antes una buena borrachera.
Las calles se iban cerrando más conforme el camión avanzaba,
Los callejones eran apenas líneas que juntan al azulejo
Esa ciudad era un mosaico viejo a punto de caerse.
Adentro de los túneles sentía paz, pero al salir de éstos veía la aquellas casas en las orillas de los cerros queriéndome sepultar, cavando inclusive mi tumba
Eso creían mis ojos,
-Los cerros pintados nunca me han dado confianza- me dije en voz baja
Mientras bajaba de las escaleras del camión y encendía un cigarro.

El tráfico abundaba, a vuelta de rueda
Unos con otros, los autos se insultaban
Rompían las filas y los choferes enloquecían
Se arrancaban el cinturón de seguridad
se comían los dedos –y las uñas-
Golpeaban violentamente su rostro contra los cristales
Arrancaban frenos y palancas de velocidades
Uno de ellos tiró un plomazo, volteamos a verlo
Y sólo era el escape de su vocho, 
Bajó de aquel roído auto con zapatos deportivos y playera de lo que antes con gloria fuera el club curtidores,
Saludó a mi amigo, echaba madres al aire
Y después sonreía.

Nos fuimos con los intestinos nerviosos,
Con el tráfico pegado a la vértebra.
Caminamos, caminamos mucho
Porque el miedo nos estaba siguiendo y había que perderlo,
En una ciudad como aquella, era imposible no caminar
Desde allí empezó mi incredulidad hacia sus calles, su gente, sus duendes viciosos apareciéndose constantemente a provocar mareos y ascos.
Recordaba a Kerouac, 
Con unas ganas que nunca había sentido de morirme, recordé a Kerouac.

Las casas estaban cubiertas de una niebla profunda y asfixiante,
Toda construcción era superior a nosotros, aterradoramente superior
Listas para enterrarnos.
Del suelo seco, salía polvo de las paredes el cual nos llegaba a los pulmones,
No tenía miedo del envenenamiento o la asfixia,
Tenía miedo del abandono,
Del largo y triste abandono de la ciudad,
Aquel que te empieza a enloquecer, te devora y no mueres,
Te encarcela y nadie te escucha, es una venganza similar a la muerte.  

En las cantinas abundaban personajes sin cara
Apenas hablaban,
Aventaban tu cerveza de 300 ml a la mesa de madera
Y se iban
Encerrándote en el baño,
En ciudades como éstas siempre tienes que tener a tu lado a un amigo con el alma de fantasma,
Abundaba la luz en aquella cantina
Sin embargo la obscuridad iba cubriendo las paredes conforme avanzaban las horas,
Ni José Alfredo Jiménez nos salvó de dicha obscuridad.
La rockola detrás de mí me penetraba con los botones las clavículas cada vez con más fuerza,
-Por eso lloré- les dije a mis acompañantes
Metía,
Lloraba porque el sentimiento de abandono se apoderó de mí mientras más tiempo pasaba en aquella ciudad donde el cuerpo se te quiebra
Del calor, o del insomnio
Pero te quiebras.
 El miedo hacia una cantina es algo que nadie más que aquella ciudadela me había hecho sentir.

En la punta del cerro con nombre de revolucionario anarco-esclavo nos detuvimos
después de horas perdidas en autopistas circulares que no dan hacia ningún lado, más que a las náuseas,
En la parte de atrás del volkswagen, sentí un palpitar profundo y mojado en mi mano derecha
Voltee la mirada hacia ella y vi un corazón abriendo y cerrando ventrículos 
escurría sangre de un rojo débil –ausente de glóbulos rojos me dije-,
Rechazando el miedo, aventé aquel corazón, que por supuesto no me pertenecía hacia la parte del copiloto del auto,
Él se espantó tanto que lo lazó hacia la parte del freno y el acelerador, 
El auto comenzó a tirar chispas, se paró frente a un parque donde niños jugaban,
Nos bajamos aterrados de que explotara, cuando de un golpe el pedal del acelerador se soltó y quedamos nuevamente a la deriva.
Me preguntaba si los poetas sienten miedo, me contesté en automático que no
Orgullosa por pensar que entonces yo no era parte de aquella logia.
Mis manos sostenían una cerveza, ámbar, amarga, el aluminio de la lata la hacía evaporarse,
Yo lloraba quedito, al lado de los árboles donde mi llanto se escondía en los niños de aquella colonia que sentados en los columpios cantaban
Del más chico al más grande, cantaban algo referente al amor.
Estábamos cansados, subimos nuevamente al auto, todo estaba cubierto por obscuridad 
Subimos a tientas, allí descubrimos que se trataba nuevamente del vocho blanco
Ya que su olor característico no nos engañaba.

En la obscuridad mis amigos pensando en botellas de licor planeaban la noche,
Uno tal vez lloraba, el que manejaba sonreía cuando pasábamos por túneles
Todos estábamos enloquecidos,
Al parecer no podríamos salir nunca más de allí.

Al llegar a una casa de dos pisos azulada, vi nuevamente la sombra que cubría la puerta, mis amigos la ignoraban
Pero a mí me impedía entrar, hasta que le eché una bocanada de humo en su amorfa materia,
Los pies de mis amigos inmediatamente se comenzaron a llenar de polvo
la casa comenzó a soltar tanto polvo que terminamos con los pies enterrados como en un desierto
los árboles y flores de alrededor se volvieron cactáceas
y los gatos comenzaron a caer de las azoteas muertos.
Cuando conseguimos entrar a la casa, en un sillón estaba acostado un hombre envuelto en una cobija negra
Lo volteamos para saber quién era,  y vimos el rostro de Rimbaud en la cara de aquel hombre que yacía sin pulso ni sangre en el cuerpo
Estaba tan frío y sus labios blancos, que volví a recordar lo que es la muerte yaciendo en el rostro de un ser amado,
Todos temblamos, salimos corriendo con las botellas en las manos y regresamos al auto.

-Este día me recuerda a Rulfo- le dije a mi amigo mientras lo acariciaba con una rama de bugambilia en el rostro
Al instante comenzó a desvanecerse por todo el auto, recordándome que no había nada más en la existencia que arena y polvo,
uno por uno mis amigos se fueron desmoronando 
yo quedé en la parte trasera del auto con los pies atorados, el auto encendido y a la deriva por la carretera que va hacia Dolores Hidalgo.
Karla Valeria Mendoza Salinas