Mi Museo Universitario De La Salle Bajío, MiM, es un espacio cultural que a lo largo de sus 10 años ha asumido, como uno de sus grandes compromisos, el de colaborar con artistas y creadores de la región para promover el arte y la cultura. En esta ocasión, retomando un proyecto que quedó pausado por el confinamiento, se presentó el libro “Un rostro de África” del Padre Pedro Pablo Hernández Jaime, misionero y fotógrafo.
El autor, durante los meses de febrero-junio de 2017 inauguró en el Campus Campestre la muestra de fotografía en gran formato: “Bramido y color en tierra Guyi”, la cual se trasladó al Parque Guanajuato Bicentenario en 2018, así como en los demás Campus Lasallistas hasta el 2019.
La exposición antes mencionada ofreció un poco del enorme acervo fotográfico del Padre Pedro, ahora, después de 5 años desde aquel primer acercamiento, presentó: “Un rostro de África”, un libro que reúne las imágenes y experiencias adquiridas a lo largo de 19 años de misiones en el continente africano.
El autor de estas imágenes es un sacerdote Misionero Comboniano mexicano, nacido en León, hijo de Don Jesús Hernández López y de la Señora Alicia Jaime Falcón (ya fallecidos), y es el quinto de trece hermanos y hermanas. Desde muy joven sintió la inquietud por la vida religiosa, así concluida su educación primaria, ingresó al seminario de los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús (MCCJ) en cuya congregación se preparó para su ministerio y fue ordenado sacerdote el 25 de febrero de 1989.
Después de realizar una intensa actividad pastoral en la periferia de la ciudad de México (Valle de Chalco) fue destinado al continente africano para trabajar entre la gente del grupo étnico de los Guyi, en Etiopía, donde ha desempeñado su ministerio durante 19 años.
Como resultado de lo anterior ha generado una profunda relación humana y espiritual con la sociedad local al mismo tiempo que construye nuevas comunidades cristianas e impulsa programas de desarrollo humano.
Paralelo a sus actividades pastorales el P. Pedro Pablo ha desarrollado a través de los años un pasatiempo que le ha permitido perpetuar el accionar de la comunidad donde realiza su apostolado: la fotografía.
“Soy un misionero, no un fotógrafo. No tenía ningún deseo de hacerme fotógrafo; sólo deseaba tomar fotos de la gente con la que estaba, disfrutar de esos momentos con ellos y de recordarlos en las fotos impresas”, expresó el Padre.
“Me cautivaron de manera particular sus rostros y miradas. Por este motivo empecé intentar capturar fotos que expresaran la comunicación existente entre ambos lados al levantar la cámara. Creo que al hacer eso intentaba de alguna manera de inmortalizar el punto de comunión que había entre nosotros, en el momento preciso que apretaba el disparador de la cámara”, precisó.