¿A quién no le gusta viajar? Pero, ¿quién se ha preguntado qué tuvo que pasar para que esos destinos paradisíacos existan? Aristeo Mora, sí. De ahí nació Existen muchas formas de llegar a la costa, de La Compañía Opcional; una obra que transformó el escenario del Aula Magna de la Universidad La Salle Bajío en un territorio donde la belleza del paisaje interpela al espectador a cuestionarse y a reflexionar sobre las consecuencias del turismo masivo sobre los ecosistemas y las comunidades. Como cada año, esta propuesta llega a la Comunidad Lasallista en el marco del Circuito Cervantino de la Fiesta del Espíritu que llega a su 54 edición.
Sin levantarse de sus asientos, sin siquiera tener que cerrar los ojos, sino manteniéndolos bien abiertos, Existen muchas formas de llegar a la costa invitó al público a emprender un viaje distinto, uno sin maletas ni itinerarios turísticos, pero con la memoria como brújula y la reflexión como destino. Bajo la dirección de Aristeo Mora y dramaturgia de María Cecilia Guelfi, sobre el escenario se construye en tiempo real una obra de docuficción, una suerte de mapa vivo en el que los caminos no conducían a playas irreales que vemos en Instagram, ni a refugios de descanso, sino a las historias de un golpeado litoral en la costa de Nayarit, en el Pacífico mexicano.
Esta travesía escénica surge a partir de la investigación documental de varios años acerca de una historia familiar y comunitaria que deja claro que lo personal también es político. En los años 2000, un grupo de habitantes de la región concibió un proyecto de turismo comunitario junto con la arquitecta Isabel González, madre de Aristeo. De aquella iniciativa surgió una memoria que hoy regresa a escena para dialogar con el presente, precisó, en entrevista, Kenji Kishi, diseñador sonoro de la obra.
Y es que se trata de una pieza que rompe la cuarta pared y le habla de tú y de frente al público que ya no sólo es espectador, sino sujeto activo y crítico. Esto, allende de ser un recurso inmersivo, tiene un objetivo de experimentar con las formas del milenario arte que es el teatro en un mundo que ya cuenta con cine 4D y VR:
“Son mecanismos que nos parecen la manera más orgánica de mostrar todo este artefacto que tiene miles de años y que sigue moviéndose a través de cosas tan sencillas como imaginar algo, como acotaciones escritas, con las que orillas al espectador a cerrar esos espacios, a imaginar qué ocurre en esos huecos; porque queremos fomentar mucho eso en un espectador activo, un espectador inteligente, un espectador que también forma parte del quehacer de la pieza, al que no se le tienen que dar las cosas de tan masticadas”, ahondó Kishi.
A través de recrear fotografías de la infancia, de la reconstrucción de los hechos y la historia familiar, se fue armando un rompecabezas en el escenario en el que cada pieza parecía conservar una pequeña porción del mundo del que provenía: una huella, una promesa, un sueño frustrado. La escena adquirió así la textura de una memoria fragmentada, como si el paraíso imaginado intentara reconstruirse ante los ojos del público con los restos de aquello que el tiempo y la turistificación dejaron a su paso y una huella imborrable e irreversible en las vidas de los habitantes de la región.
La costa apareció como un territorio en disputa, lejos de la quietud con la que suele representarse en las postales vacacionales de sol, arena y mar. Allí, el paisaje no es un telón de fondo ni una mercancía sin historia: es el hogar de comunidades, el espacio de ecosistemas vulnerables en contraposición con los objetivos comerciales que no siempre comparten los mismos intereses. La propuesta de La Compañía Opcional puso sobre la mesa esas distintas maneras de entender el territorio y recordó que toda intervención sobre el paisaje también modifica la vida de quienes lo habitan y que nunca imaginamos siquiera al dar clic en la reserva del hotel o del check in del vuelo; pero que resuenan fuerte en esta obra en diálogos como:
“Seguimos aquí; aunque la gente que debería protegernos, nos traiciona, aunque tenemos miedo, aunque nos cambien la ley. Otros se mueven por nuestras calles como si no nos vieran. Pero si esos que no nos ven supieran cómo vivimos en realidad, quizás sentirían pena; y si supieran cómo se muere aquí, por qué se muere aquí y en manos de quién se muere aquí, seguro que saldrían de este lugar corriendo”.
Quizá una de las preguntas más sugerentes de esta experiencia sea la que permanece después de que cae el telón: ¿es posible viajar de otra manera? No se trata de renunciar al gozo de conocer las maravillas que nos regala el mundo, ni de cerrar las puertas al encuentro con otros lugares, sino de cuestionar la forma en la que nos acercamos a ellos.
¿Podemos conocer una comunidad sin reducirla a una atracción? ¿Es posible disfrutar de la belleza de un territorio sin contribuir a su deterioro? ¿Cómo construir experiencias turísticas más justas con la naturaleza y más dignas para las personas? El teatro no impuso respuestas, sino que abrió un espacio para que estas interrogantes encontraran lugar en la conciencia de cada espectador. Y así lo confirma el testimonio de Darío Nieto, estudiante de Negocios Digitales de esta casa de estudios:
“Es muy triste ver que las playas están siendo ahora más privatizadas aun cuando en la Constitución dice que no pueden hacerlo. Pero sí, después de ver la obra pienso tratar de no apoyar tanto a los hoteles en esa parte y tratar de hacer un turismo más responsable”.
La función reunió a estudiantes, docentes, equipo colaborativo de la Universidad y público en general, en una tarde con localidades agotadas que confirmó el interés por las propuestas escénicas contemporáneas.
La llegada de La Compañía Opcional al campus Campestre formó parte de una colaboración que suma más de una década entre la Universidad La Salle Bajío y el Festival Internacional Cervantino. A través de la Coordinación de Desarrollo y Gestión Cultural y del Circuito Cervantino, esta alianza acerca a la Comunidad Universitaria y al público general a expresiones artísticas de alcance internacional.
Cuando el viaje terminó, la costa permaneció allí, suspendida en la memoria como un paisaje que ya no podía mirarse de la misma manera. Tal vez esa sea una de las virtudes más profundas del teatro: transformar la mirada sin necesidad de cambiar de lugar, llevarnos lejos para devolvernos al mundo con nuevas preguntas y nuevos aprendizajes.
Existen muchas formas de llegar a la costa, recordó que ningún paraíso es una imagen vacía y que, bajo la superficie de cada oasis, existe una trama de vidas, recuerdos y futuros posibles. Porque llegar a un territorio también implica respetarlo, reconocerlo, escuchar a quienes lo habitan y comprender que la verdadera belleza no reside únicamente en aquello que deseamos contemplar, sino en aquello que somos capaces de cuidar.